Dylan Ennis, el ‘viejo’ renacido en Zaragoza

“Nunca pensé que iba a crecer, pensé que nunca me iba a suceder a mí. Era muy pequeño”. Desde la pared de la habitación de su casa en Brampton, Ontario, donde se tallaba con su hermano Tyler, arranca la historia de Dylan Ennis.

Tenía 14-15 años y medía 1,49 metros pese a, como relata al NY Times, poseer “brazos largos, manos y pie grande (un 44) y me veía tan extraño y un poco torcido. Tenía una espina clavada por eso. Siempre me sentí subestimado por eso. Aún lo hago”.

De una familia de donde todos sus miembros (Brandon, Dominique, Tyylon, Brittany y Tyler) jugaron al baloncesto en mayor o menor medida, su padrastro Tony McIntyre se convirtió en su entrenador, su mejor amigo, una persona con la que hablar de baloncesto 24 horas 7 días a la semana.

Desde muy pequeño, “cuando tenía cuatro años, supe que quería jugar en la NBA”, dice Ennis a BasketballInsiders. “Creo que eso vino de jugar y ver a todos mis hermanos. Al crecer, Brandon y yo jugamos entre nosotros desde los cuatro años hasta los diez. Luego se hizo mayor, se fue y se unió a equipos donde comienzas a jugar con tu propio grupo de edad. Entonces Tyler hizo lo que hice cuando jugué con Brandon. Jugó conmigo durante unos años y por eso creo que se desarrolló tan bien”.

Ennis buscando el pase (Foto: Universidad de Oregon)

La vida de entrenador de su padre hacía que, al tener que compaginar o dos o tres equipos a la vez, los Ennis corrieran “de un pabellón a otro para asegurarnos de que pudiéramos vernos jugar. Los fines de semana de torneos típicos nos íbamos en familia alrededor de las 9:00 a.m. y no regresamos hasta las 10:00 o 11:00 de la noche porque todos nos quedamos a vernos jugar. Era una familia de baloncesto, todo lo que hicimos lo dedicamos al baloncesto y esa fue nuestra vida. A todos nos encantó”.

Su tío Paul Ruddock, considerado como su tercer padre, le vino como el cielo abierto: le abrió las puertas del Wings Academy del Bronx además de ofrecerle su casa en Long Island. Pero nada era fácil en Nueva York. “Sólo quería jugar baloncesto al más alto nivel, así que iba a hacer todo lo que fuera necesario pero en realidad estaba en medio de mucha pobreza y pandillas malas de barrios relacionados”, dice. Después pasaría a Lake Forest Academy en Illinois antes de dar el salto a la Universidad. O Universidades mejor dicho.

Ennis había crecido hasta el 1,88 y se enrolaba en la Universidad de Rice. En su primera temporada batió el récord de asistencias para un freshman con 144 y añadió 8,5 puntos por partido a sus estadísticas. Pese a ello, su padre y él decidieron cambiar de aires: “Sabía que no era el mejor ambiente para convertirme en el mejor jugador de baloncesto que podría ser”. De 20 a 25 universidades le llamaron y él se decidió por Vilanova.

Ennis jugando frente a Michigan (Foto: Universidad de Oregon)

Tras un año en blanco por el cambio de universidad, estaba preparado para debutar en la temporada 2013-14. Pero una semana antes de su incorporación se rompía la mano en un partidillo. Recuperado, y brillando frente a Kansas o USC, se volvía a lesionar, torciéndose un dedo en la mano de tiro que le condicionaría lo que restaba de temporada.

Un año más tarde, justo después de que su hermano fuera elegido en el Draft de la NBA en el puesto 18 por los Suns tras salirse con Syracuse, jugaría todos los partidos, un total de 36, promediando casi 10 puntos por partido, 3,7 rebotes y 3,5 asistencias por partido. Ganaban la Big East y llegaban a tercera ronda de la NCAA.

Pero no era suficiente. Ennis quería jugar como base puro y en los Wildcats era imposible. Por ello decidió poner rumbo a la Universidad de Oregon, año en blanco mediante, mientras sus ex-compañeros ganaban el título de campeones de la NCAA. Sports Illustrated lo bautizó como el “jugador más desafortunado del baloncesto universitario” de la temporada 2015-16.

“No sentí que tuviera mala suerte. Ganaron el campeonato. Me alegré por ellos. Eran mis hermanos antes de ser mis compañeros de equipo. Seré amigo del cuerpo técnico y de los jugadores cuando termine de jugar al baloncesto. Estoy exactamente donde necesito estar. Dios me dio este viaje y nunca lo cuestioné por un segundo”, reconocía al USA Today.

Ennis en su periplo universitario con Oregon (Foto: Universidad de Oregon)

En su primera oportunidad de volver a las pistas, con Oregon, se fracturaba el pie, lo que le hacía perderse casi al completo la temporada (sólo jugaba dos partidos). Por ello tendría que pedir a la NCAA que le dejaran jugar un curso más, siendo sénior de ¡sexto año!. Con 25 años se convertía en uno de los jugadores más veteranos de la historia de la NCAA ganándose el apodo de ‘Old Guy’: viejo. Pero tendría una gran recompensa: tras una temporada brillante se cargaban al número 1 Kansas y 78 años después los Ducks se colaban en la Final Four.

“He tenido muchos altibajos yendo de Universidad en Universidad, y ha sido difícil no dejar mis huellas en un programa. Pero tenía que hacer lo mejor para mí como jugador de baloncesto”, dice al NY Times.

Pese a la gran cantidad de workouts NBA de una punta a otra de Estados Unidos, no fue elegido en el Draft de la NBA. Tampoco consiguió hacerse un hueco a través de las Ligas de Verano de Orlando y Las Vegas y acabó en Europa, en el equipo de su agente Misko Raznatovic: el Mega Bemax serbio. Mientras tanto, su hermano menor Tyler ya había jugado 132 partidos en la NBA entre Phoenix, Milwaukee, Houston y Lakers.

Ennis, siempre expresivo en la pista (Foto: Mega Bemax/Ivica Veselinov)

Su impronta fue rápida: en sólo 10 partidos de Liga Adriática se salió promediando 18,6 puntos, 5,4 asistencias, 4,6 rebotes y 2,2 recuperaciones. De ahí saltó a la Euroliga con el Estrella Roja y acabó la temporada viviendo su primera experiencia en la Liga Endesa: salvaba la categoría del Zaragoza yéndose a los 15,2 puntos, 3,3 rebotes, 2,2 asistencias y 1,8 recuperaciones en 6 choques.

El canadiense-jamaicano desplegó su mejor baloncesto el pasado curso en el Morabanc Andorra, justo cuando se producía el mazazo de la lesión de gravedad de su Tyler en su primera experiencia europea en el Fenerbahçe. Ennis lideraba al equipo del Principado hasta las semifinales de la Eurocup. Esto hizo que uno de los nuevos ricos europeos como el Mónaco se fijara en él para la presente temporada. Allí compaginaba la Liga Francesa con la Eurocup y aparentemente le iba bastante bien: 11 puntos, 4,5 rebotes y 2 asistencias en Europa. Pero la procesión va por dentro.

Ennis brilló en Andorra (Foto: ACB Photo/A. Martín)

Las razones las conocíamos después de su repentino cambio de aires y fichaje por el Casademont Zaragoza gracias a su blog personal en honor a su hija que acaba de cumplir el primer año de vida. “Pensé que vivir y jugar en Mónaco sería todo lo que había soñado. Estaba ganando un gran dinero por el que trabajé duro; el país era hermoso y… supongo que eso fue todo”, dice.

Y es que Ennis reconoce que “como persona y como jugador, no estaba completamente feliz. Con el horario rígido de mi equipo, me fui de mi esposa e hija el 70% del tiempo que pasé en Mónaco de agosto a noviembre. Eso no es una exageración. No me quejé porque es parte de la profesión. Como esposo y padre, sin embargo, me sentí culpable de estar lejos de ellas tanto tiempo. Sentí que ponía todo el peso de criar a nuestra primogénita en mi esposa y sentí que mi hija no tuvo el tiempo de unión con su padre que realmente merecía. No fue el equipo lo que me hizo infeliz, sino la batalla interna y emocional que estaba enfrentando por ser un padre primerizo y un atleta profesional”.

Desde el primer día, Porfi Fisac, su entrenador en Zaragoza, reconocía que Ennis llegaba con una “ilusión desbordante”. Su carisma y su sonrisa, la misma que tiene su hija en el “98 % de las ocasiones”, ha vuelto a contagiar al Príncipe Felipe y su aportación, ante la baja de larga duración de Seibutis, ha sido clave para mantener al equipo como alternativa a los dos cocos Madrid y Barça en la Liga Endesa y clasificar al equipo para la Final a Ocho de la Champions. Con la oferta de renovación sobre la mesa, toca esperar para saber dónde seguirá su viaje en busca de la felicidad completa.

Ennis conduciendo el balón (Foto: ACB Photo/E. Casas)

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